domingo, 3 de octubre de 2010

COMUNICADO DE DOCENTES DE FILOSOFÍA



Los docentes de filosofía consideramos que el Sistema Educativo panameño necesita ajustes. El Ministerio de Educación ha emprendido un proceso de Transformación Curricular que intenta atender esta necesidad.

En ese sentido, deseamos manifestar:

   v Que los docentes de filosofía no están en desacuerdo con lo que el proceso de Transformación Curricular per se significa.
v Que los docentes de filosofía no están en desacuerdo con las iniciativas que emprenda el Ministerio de Educación dirigidas a mejorar el Sistema Educativo panameño.
v Que los docentes de filosofía no dudan de la sincera preocupación de las autoridades del Ministerio de Educación para atender, de la mejor manera posible, los problemas educativos de nuestro país.

De igual manera, con respecto al proyecto de Transformación Curricular al que actualmente da curso el Ministerio de Educación, consideramos oportuno hacer de conocimiento público lo siguiente:

I. El Ministerio de Educación no ha sido del todo consistente,  no sólo con lo que respecta a la  singular concepción que tiene de la Transformación Curricular, sino –también- con la forma en que la ha llevado a cabo. Por ejemplo, la propuesta de Transformación Curricular se refiere a la necesidad de una educación integral, pero es evidente la inclinación profesional de la misma al punto de que el ideal aludido colapsa. Ello sumado a la introducción de cambios inesperados de cursos en los planes de estudio, sin fundamentación de ningún tipo. Cabe adicionar que de acuerdo con el Decreto 944 de 21 de diciembre de 2009 se trata de un proyecto experimental, pero los hechos sugieren todo lo contrario.

II. La propuesta de Transformación Curricular, contrario a lo señalado por el Ministerio de Educación, no presenta contenidos curriculares vanguardistas, estos se siguen concibiendo fragmentaria y/o desarticuladamente, lo cual dificultará que los estudiantes puedan actualizar sus capacidades intelectuales.

III. No están claros el procedimiento metodológico que ha seguido el Ministerio de Educación para la selección de los colegios que participan en la Transformación Curricular, ni los criterios aplicados para reducir horas de clases, fusionar o eliminar asignaturas (lógica, filosofía, historia, entre otras).

IV. El fundamento conceptual del proyecto de Transformación Curricular gira en torno al concepto ‘competencia’. Esta palabra, sin embargo, no aparece en el Decreto 944 de 2009 que da lugar a todo el proceso.

V. Lo que supone un serio problema: dada la no univocidad del término ‘competencia’, quiere decir que no existe un elemento básico o común a partir del cual los docentes puedan entenderlo de manera inequívoca. Si se tiene en cuenta que no está para nada claro de qué modo las ofertas académicas y –sobre todo- los cursos contemplados para cada una de ellas, se desprenden de tal idea, esta situación es tanto más problemática.  

VI. Además de lo hasta aquí señalado, no podemos dejar de considerar que en las condiciones actuales la atmósfera escolar no resulta la más adecuada para llevar a cabo los ajustes que se han propuesto.

VII. Dada la seriedad de todo cuanto está en juego, reconocemos la importancia de la iniciativa del Ministerio de Educación; que esta iniciativa es necesaria para los ajustes que demanda el Sistema Educativo panameño; asimismo reconocemos que con respecto a esta iniciativa el Ministerio de Educación debe actuar con prudencia y discernimiento, así como esforzarse para construir los espacios de diálogo y debate que en la realidad no se han dado.

VIII. Tomando en cuenta lo anterior, los docentes de filosofía, proponemos un estudio más profundo y minucioso del fundamento conceptual del proceso de Transformación Curricular, es decir, del concepto ‘competencia.’ En esto último consideramos que las disciplinas filosóficas no sólo tienen tradición sino, también, la experticia requerida para la constitución y orientación del estudio y del debate. Desde esta perspectiva, los docentes de filosofía pensamos que es necesario integrar al estudio y al debate el concepto de ‘competencia filosófica’ como parte sustancial del proceso de Transformación Curricular, dado que la naturaleza fundamental de ésta permitiría integrar armónicamente en el proceso a las demás competencias.

IX. Los docentes de filosofía estamos profundamente interesados en participar directamente del proceso de Transformación Curricular y del debate que éste ha generado. Estamos concientes de que debemos pasar del estado de críticos al de protagonistas directos.


DE LA IN-UTILIDAD Y DE LA(S) DES-VENTAJA(S) DE LA FILOSOFÍA PARA LA VIDA


-Carlos N. Ho (*)

Pareciera que la filosofía no  es  fundamental, ni insustituible, porque:

1).- La filosofía ni ocupa el lugar más fascinante de la cultura, ni tampoco el de mayor prestigio. Hoy se la asocia a tantos otros asuntos (ciudadanía, esoterismo, religión, la paz, los derechos…) que por desconfigurada pasa desapercibida por completo.

2).-  La ciencia, la política y la publicidad muestran con mayor énfasis y claridad sus resultados. La filosofía, a pesar de quienes la amparan, se ha quedado muchísimo más acá con respecto a la(s) pregunta(s) que interroga(n) por el sentido y el alcance del mundo y de la existencia humana.

3).-La filosofía ha sido y todavía es una ocupación primordialmente abstracta, es decir, vaga y extremadamente genérica. Sumamente difícil, histórica y repetitiva. No se justifican, entonces, y por ello no tienen sentido,  todo el tiempo y los recursos que se invierten con respecto a ella puesto que lo suyo no es, ni por asomo, la reflexión concreta.

4).- Si la filosofía fuese en realidad tan útil para el progreso de la vida humana, ¿por qué no hemos alcanzado niveles de mayor bienestar ni somos más felices de cuanto somos o hayamos podido ser con anterioridad? Más bien nos descubrimos, todos los días, como seres frágiles, enfermizos, débiles. Y, para esto, no es imprescindible una forzosa y dilatada meditación que, para muchos, suele denominarse abstracción. No porque contemos con ella, con la filosofía,  hemos logrado ser espíritus más desarrollados, poderosos ni orgullosos de nosotros mismos. ¿Hemos podido ordenar el caos que cada uno lleva dentro de sí?

5).- En la definición de las características que han configurado nuestra historia y la civilización occidental, la filosofía no tiene una participación exclusiva, ni determinante. De ello son también responsables el arte, la ciencia y la religión y si debemos ser honestos de éstas cuatro, por un lado, la ciencia y el arte constituyen las dos creaciones más portentosas del ser humano y, por otro, cualquiera de ellas puede sustituirse mutuamente si de lo que se trata es de su valor para la vida.

6).- La televisión, el cine, la moda, la danza, el teatro, los museos constituyen, de igual forma, medios de los que podemos aprender; espacios o actividades que favorecen el estudio, el análisis, el debate y la crítica. Despiertan mayor interés porque, además,  armonizan imagen, color, sonido, espacio, figura y movimiento.

7).-Los filósofos han sido casi siempre personajes extraños, incómodos y difíciles de entender. Cuando hablan lo hacen desde una cierta distancia, como si estuvieran observando a los demás desde lo alto de una atalaya. Lo que dicen es bastante complicado; parece más un aullido que brota, tumultuoso, de sus bocas… como si las palabras que dicen hubiesen sido rumiadas con encono,  con desesperación; vistas y re-vistas una y otra vez… cuasi obsesivamente.
8).- A pesar de que, durante tantísimo tiempo, la filosofía ha formado parte del sistema de educación, los estudiantes no dan muestras de que piensan mejor que antes [¿han mejorado acaso sus naturalezas?]; cuando se expresan no lo hacen correctamente ya que su comunicación no se atiene a un hilo discursivo, ni a una argumentación formal. La contribución, pues, de la filosofía al desarrollo de la inteligencia y a la educación del juicio no es tan fundamental, ni tan considerable como se dice o se defiende; o, al menos, no lo es más de cuanto para ello logran las demás disciplinas.

9).- Asumamos, como lo hacen sus apologistas, que la filosofía es necesaria. Saludemos, incluso, con gracia el argumento; considerémoslo serio. Sin embargo, ¿de qué naturaleza es esa necesidad? ¿Una sumamente vital? ¿La necesidad que nos obliga a trabajar para satisfacer el despertar de cualquiera de nuestras necesidades? ¿La enseñanza de la filosofía nos ha vivificado como se debe en nuestra propia existencia, singular y socialmente? ¿De qué clase, pues, es esa necesidad que debiéramos tener de la filosofía? ¿La necesidad que tiene el menos favorecido? ¿O aquella que asume quien desde su opulencia, poder o grandeza científica piensa que tienen los de hábitos, costumbres o conductas rudas y sin gracia?

10).- Cuando contemplamos la condición actual del mundo la filosofía, ¿nos ha hecho menos cobardes, menos perversos; nos ha permitido constituir una vida menos egoísta; una sociedad menos voraz e indiferente? ¿Somos menos negligentes, indolentes y cómodos; menos desdeñosos y vengativos? ¿Actuamos menos abominablemente; menos viciosamente?

11).- ¿Se exige mayor madurez? Digámoslo, entonces, así: ¿cuán más humanos, sociables, indulgentes, misericordiosos y compasivos, honestos, recíprocos, fieles, afectuosos y responsables somos gracias a la filosofía? A tal punto que, sin ella, degeneramos en bípedos bicéfalos que deambulan, errantes, prisioneros de su mortal insensatez y prevaricación.

Por tanto:
La filosofía debe quedarse donde está y como está. En-claustrada en los recintos que habitan quienes, por las razones que sean, la defienden; que se dediquen a ella cuantos así lo decidan y encuentren en su estudio o cultivo alguna utilidad (?) gusto o placer. Que sigan pensando, erróneamente, que la filosofía los coloca en el sendero de alcanzar la perfección en todas o en casi todas las áreas de sus vidas. La verdad es que, hasta ahora, no nos ha demostrado que sirva para algo (a obrar bien/correctamente, a ser felices); mejor dicho sí nos ha demostrado que sirve para muy poco o, incluso, para nada y, por eso, no tenemos necesidad de ella. Lo que querría decir que es superflua, esto es, un artículo de lujo, un adorno, un decorado [y, por lo mismo, una simulación] que, por tanto, no es necesaria  ya que, en la aventura humana del conocimiento, la superfluidad es exactamente lo contrario de la necesidad. Podemos pasárnosla muy felices; nada dice que no sea posible que nos la podamos arreglar sin que ella forme parte de nuestras vidas porque ¿dejará de estar el mundo al revés, dejará de convertirse el mundo en una nada porque la filosofía cuenta, solo ella, con  los recursos que lo puedan evitar?

(*) Docente de filosofía. UP

sábado, 25 de septiembre de 2010

Filosofía: ficción y realidad. Escenas de un recuerdo in-olvidable




Bruno A. Ow Young L.
Estudiante de Filosofía, UP

Con la cara de un niño, con sus manos, sus puñitos enjugando esos ojos, ojos llorosos, lágrimas de cocodrilo, da inicio la escena inolvidable. Una imagen que logra explicarlo todo, da vida a los recuerdos y recrea en nosotros un mundo de nuevas posibilidades. ¿Recuerdan cuando decían: ¡no, no quiero!? ¿Recuerdan cuando fuimos niños y hacíamos pataletas imposibles? Es en el imperecedero imaginario en donde todas esas escenas se hacen el común denominador, en donde se cohesionan esas mil y un personalidades y hallan -por extraño que parezca- en sus mas abismales diferencias un sentido de unidad. ¿Recuerdan a nuestras madres, que a regañadientes, al igual que lo hacen hoy  maestros, profesores y otros, nos intentaban dar a probar de a poco cucharadas de su conocimiento?  Pero les dijimos que no nos gustaban los guisantes, las berenjenas o... la remolacha sin siquiera probarlas. Acaso, ¿no ocurre  lo mismo ahora que el escenario es otro y nosotros adultos, diciendo no, y rechazando  todo nuevo conocimiento (filosófico, histórico, religioso, científico, artístico)? 


La  pregunta filosófica por la filosofía plantea una grave cuestión conceptual y teórica. Que sea imposible o no contestar, dar respuesta o tan siquiera tratar la cuestión, presenta no mayor gravedad de aquella que presenta el hecho, de que hoy, en el siglo XXI,  tenemos una nueva gama de posibles cuestiones en las que ahondar [reflexionar, profundizar, preguntar]. Por la economía del texto debemos dar un salto y extrapolar esta idea, mirarla desde una completa y totalmente nueva perspectiva. Lo haremos apegándonos a una tradición que nos obliga a ceñirnos a un tipo o a una forma de tratamiento en donde la pregunta tiene- lugar- en -el -Mundo.

Mana de forma casi espontánea una nueva pregunta, nuestra pregunta, aquella que más nos compete en nuestro mundo de hoy (Tiempo y Espacio) y en el marco del quehacer docente: ¿Y qué es  filosofía, hoy?  Ensayé algunas respuestas: ¿Un obstáculo para el desarrollo nacional, en términos educativos y económicos? ¿Óbice para mi  politizada universidad? ¿Algo de lo que la gente no solo no tiene la menor idea de lo que es, sino que además no tiene el menor interés por saberlo?   Yo lo creo así.  

Pero... ahora lo veo, ¡no nos gusta la filosofía! ¿Por qué?

¿Cómo podemos decir que no nos gusta o interesa si no tenemos ni la más remota idea de lo que esta es? O... ¿Será que osamos decir “no nos interesa”, porque ya nos creemos sabios y sabidos en aquello necesario para conducir nuestras vidas? Yo no me siento así, me conozco ignorante, mendigo hambriento, con sed de nuevos conocimientos ¿Puede que esos rasgos de soberbia sean propios de infantes y adolescentes? No lo creo –me muestro ignorante dejándoselo a la voz de una creencia- sin importarme lo sigo diciendo, para mí los niños y adolescentes son curiosos por naturaleza, son espíritus libres del estancamiento que suele ocurrir en la adultez. Se están aún formando las bases de sus... ¿personalidades? ¿Identidades? ¿Caracteres? Sí, todo eso y más.

Nuestra pobre educación, no es a falta de filosofía, de otras materias, cursos o asignaturas en escuelas y colegios, es a falta de alguien que nos diga lo que es o no la filosofía, la matemática, u otras disciplinas; cuál su función y utilidad, simplemente – ¡muéstrennos! - para qué sirven. No hablo a favor de una necesidad práctica que entendida en los términos del pragmatismo propio de nuestros modelos económicos lo mide todo en función de la utilidad o el dinero. Me he preguntado si parte del problema no será la  unidireccionalidad de nuestros modelos educativos, ser poco participativos y, por tanto, poco esclarecedores. ¿No han sido los docentes y sus modelos prehistóricos culpables de tantas contradicciones?


Cargamos con gran peso la culpa, ahora, sobre nuestros hombros. Unos por no enseñar, otros por no participar, involucrarse y exigir. ¿Acaso los padres cuestionan o indagan si el programa educativo que siguen sus hijos tienen los estándares necesarios para competir con la nueva mano de obra extranjera? ¿Conocerán en qué se asemejan a los programas europeos o estadounidenses, qué tanto de idiomas, informática o cultura nacional se estudia? ¿Qué clase de ciudadanos se están formando? ¿Ciudadanos capaces de vender o hipotecar su identidad nacional (territorio, soberanía)? Vemos padres que solo esperan diplomas y notas altas, no una educación para sus hijos. Pobres de nosotros, nos mostraron el camino a la felicidad a través de una profesión, un trabajo y la obligación de generar ingresos ¿acaso desde niños  no fuimos predispuestos al desdén por la cultura, las ciencias naturales y otras actividades realmente enriquecedoras, mas allá de ese afán por acumular dinero? Les pregunto, ¿cuánto vale una hora de sus vidas fuera de sus trabajos?

¡Y que ni se nos ocurra estudiar artes y ser los bailarines o músicos que siempre soñamos! Nunca nos dijeron que fuéramos nosotros mismos.

Ya no hay encanto, y entre los motivos que han logrado extinguir la chispa de la curiosidad, estamos nosotros (nosotros mismos). Porque no nos interesa cómo funciona el microondas de la casa, el carro, desconocemos de lo propio: Mis impuestos, Mi economía, esos artículos de Mi propiedad.

Y claro ¿quién ocuparía su ya tan limitado tiempo filosofando en todo esto?   -¡Nadie! Pero... ¿por qué?

¿No será porque duele saber que es cierto, que lo único nuestro son las pocas horas de sueño? -¿no?-  ¿o acaso podría contarse ese tiempo que pasamos frente al televisor como propio? ¡Qué hipocresía la nuestra si afirmásemos esto! pero eso es lo que hacemos –negarnos-  mirar hacia otro lado y nunca hacia nosotros mismos.

Por lo menos obtuvimos lo que queríamos: un espectáculo. Un espectáculo para olvidar que estamos viviendo para alguien más.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Importancia de la filosofía

Fernando Savater. Las preguntas de la vida. Editorial Ariel. Mardrid. 1999. p. 15-26



El por qué de la filosofía

Árbol de sangre, el hombre siente, piensa,
florece y da frutos insólitos: palabras...
Se enlazan lo sentido y lo pensado,
tocamos las ideas: son cuerpos y son números .
OCTAVIO PAZ

¿Tiene sentido empeñarse hoy, a finales del siglo XX o comienzos del XXI, en mantener la filosofía como una asignatura más del bachillerato? ¿Se trata de una mera supervivencia del pasado, que los conservadores ensalzan por su prestigio tradicional pero que los progresistas y las personas prácticas deben mirar con justificada impaciencia? ¿Pueden los jóvenes, adolescentes más bien, niños incluso, sacar algo en limpio de lo que a su edad debe resultarles un galimatías?¿No se limitarán en el mejor de los casos a memorizar unas cuantas fórmulas pedantes que luego repetirán como papagayos? Quizá la filosofía interese a unos pocos, a los que tienen vocación filosófica, si es que tal cosa aún existe, pero ésos ya tendrán en cualquier caso tiempo de descubrirla más adelante. Entonces, ¿por qué imponérsela a todos en la educación secundaria? ¿No es una pérdida de tiempo caprichosa y reaccionaria, dado lo sobrecargado de los programas actuales de bachillerato.

Lo curioso es que los primeros adversarios de la filosofía le reprochaban precisamente ser «cosa de niños», adecuada como pasatiempo: formativo en los primeros años pero impropia de adultos hechos y derechos. Por ejemplo, Calicles, que pretende rebatir la opinión de Sócrates de que «es mejor padecer una injusticia que causarla». Según Calicles, lo verdaderamente justo, digan lo que quieran las leyes, es que los más fuertes se impongan a los débiles, los que valen más a los que valen menos y los capaces a los incapaces. La ley dirá que es peor cometer una injusticia que sufrirla pero lo natural es considerar peor sufrirla que cometerla. Lo demás son tiquismiquis filosóficos, para los que guarda el ya adulto Calicles todo su desprecio: «La filosofía es ciertamente, amigo Sócrates, una ocupación grata, si uno se dedica a ella con mesura en los años juveniles, pero cuando se atiende a ella más tiempo del debido es la ruina de los hombres.» Calicles no ve nada de malo aparentemente en enseñar filosofía a los jóvenes aunque considera el vicio de filosofar un pecado ruinoso cuando ya se ha crecido. Digo «aparentemente» porque no podemos olvidar que Sócrates fue condenado a beber la cicuta acusado de corromper a los jóvenes seduciéndolos con su pensamiento y su palabra. A fin de cuentas, si la filosofía desapareciese del todo, para chicos y grandes, el enérgico Calicles -partidario de la razón del más fuerte- no se llevaría gran disgusto...

Si se quieren resumir todos los reproches contra la filosofía en cuatro palabras, bastan éstas: no sirve para nada. Los filósofos se empeñan en saber más que nadie de todo lo imaginable aunque en realidad no son más que charlatanes amigos de la vacua palabrería. Y entonces, ¿quién sabe verdad lo que hay que saber sobre el mundo y la sociedad? Pues los científicos, los técnicos, los especialistas, los que son capaces de dar informaciones válidas sobre la realidad.

En el fondo los filósofos, se empeñan en hablar de lo que no saben: el propio Sócrates lo reconocía así, cuando dijo«sólo sé que no sé nada», Si no sabe nada,¿para qué vamos a escucharlo, seamos jóvenes o maduros? Lo que tenemos quehacer es aprender de los que saben, no de los que no saben. Sobre todo hoy en día, cuando las ciencias han adelantado tanto y ya sabemos cómo funcionan; la mayoría de las cosas... y cómo hacer funcionar otras inventadas por científicos aplicados.

Así pues, en la época actual, la de los grandes descubrimientos técnicos, en el mundo del microchip y del acelerador de partículas, en el reino de Internet y la televisión digital... ¿qué información podemos recibir de la filosofía? La única respuesta que nos resignaremos a dar es laque hubiera probablemente ofrecido el propio Sócrates: ninguna. Nos informan las ciencias de la naturaleza, los técnicos, los periódicos, algunos programas de televisión... pero no hay información«filosófica», Según señaló Ortega, antes citado, la filosofía es incompatible con la noticias y la información está hecha de noticias. Muy bien, pero ¿es información lo único que buscamos para entendernos mejor a nosotros mismos y lo que nos rodea? Supongamos que recibimos una noticia cualquiera, ésta por ejemplo: un número x de personas muere diariamente de hambre en todo el mundo. Y nosotros, recibida la información, preguntamos (o nos preguntamos) qué debemos pensar de tal suceso. Recabaremos opiniones, algunas de las cuales nos, dirán que tales muertes se deben a desajustes en el ciclo macroeconómico global, otras hablarán de la superpoblación del planeta, algunos clamarán contra el injusto reparto de los bienes entre posesores y desposeídos, o invocarán la voluntad de Dios, o la fatalidad del destino...Y no faltará alguna persona sencilla y cándida, nuestro portero o el quiosquero que nos vende la prensa, para comentar: «¡En qué mundo vivimos!»Entonces nosotros, como un eco, pero cambiando la exclamación por la interrogación, nos preguntaremos: «Eso:¿en qué mundo vivimos?»

No hay respuesta científica para esta última pregunta, porque evidentemente no nos conformaremos con respuestas como «vivimos en el planeta Tierra», «vivimos precisamente en un mundo en el que x personas mueren diariamente de hambre», ni siquiera con que se nos diga que «vivimos en un mundo muy injusto» o«un mundo maldito por Dios a causa de los pecados de los humanos» (¿por qué es injusto lo que pasa?, ¿en qué consiste la maldición divina y quién la certifica?,etc.). En una palabra, no queremos más información sobre lo que pasa sino saber qué significa la información que tenemos, cómo debemos interpretada y relacionarla con otras informaciones anteriores o simultáneas, qué supone toda ella en la consideración general de la realidad en que vivimos, cómo podemos o debemos comportarnos en la situación así establecida. Éstas son, precisamente las preguntas a las que atiende lo que vamos a llamar filosofía. Digamos que se dan tres niveles distintos de entendimiento:

a) la información, que nos presenta los hechos y los mecanismos primarios de lo que sucede.

b) el conocimiento, que reflexiona sobre la información recibida, jerarquiza su importancia significativa y busca principios generales para ordenarla.
c) la sabiduría, que vincula el conocimiento con las opciones vitales o valores que podemos elegir, intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos.

Creo que la ciencia se mueve entre el nivel a) y el  b) de conocimiento, mientras que la filosofía opera entre el b) y el c). De modo que no hay información propiamente filosófica, pero sí puede haber conocimiento filosófico y nos gustaría llegar a que hubiese también sabiduría filosófica ¿Es posible lograr tal cosa? Sobre todo: ¿se puede enseñar tal cosa?

Busquemos otra perspectiva a partir de un nuevo ejemplo o, por decirlo con más exactitud, utilizando una metáfora.

Imaginemos que nos situamos en el museo del Prado frente a uno de sus cuadros más célebres, El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch,- llamado El Bosco. ¿Qué formas de entendimiento podemos tener de esa obra maestra? Cabe en primer lugar que realicemos un análisis físico-químico de la textura del lienzo empleado por el pintor, de la composición de los diversos pigmentos que sobre él se extienden o incluso que utilicemos los rayos X para localizar rastros de otras imágenes o esbozos ocultos bajo la pintura principal. A fin de cuentas, el cuadro es un objeto material, una cosa entre las demás cosas que puede ser pesada, medida, analizada, desmenuzada, etc. Pero también es, sin duda, una superficie donde por medio de colores y formas se representan cierto número de figuras. De modo que para entender el cuadro también cabe realizar el inventario completo de todos los personajes y escenas que aparecen en él, sean personas, animales, engendros demoníacos, vegetales, cosas, etc., así como dejar constancia de su distribución en cada uno de los tres cuerpos del tríptico. Sin embargo, tantos muñecos y maravillas no son meramente gratuitos ni aparecieron un día porque sí sobre la superficie de la tela. Otra manera de entender la obra será dejar constancia de que su autor (al que los contemporáneos también se referían con el nombre de Jero en Van Aeken) nació en1450 y murió en 1516. Fue un destacado pintor de la escuela flamenca, cuyo estilo directo, rápido y de tonos delicados marca el final de la pintura medieval. Los temas que representa, sin embargo, pertenecen al mundo religioso y simbólico de la Edad Media, aunque interpretado con gran libertad subjetiva. Una labor paciente puede desentrañar -o intentar desentrañar-el contenido alegórico de muchas de sus imágenes según la iconografía de la época; el resto bien podría ser elucidado de acuerdo con la hermenéutica onírica del psicoanálisis de Freud. Por otra parte, El jardín de las delicias es una obra del periodo medio en la producción del artista, como Las tentaciones de san Antonio conservadas en el Museo de Lisboa, antes de que cambiase la escala de representación y la disposición de las figuras en sus cuadros posteriores, etc.

Aún podríamos imaginar otra vía para entender el cuadro, una perspectiva que no ignorase, ni descartase ninguna de las anteriores pero que pretendiera abarcarlas juntamente en la medida de lo posible, aspirando a comprenderlo en su totalidad. Desde este punto de vista más ambicioso; El jardín de las de las delicias es un objeto material pero también un testimonio histórico, una lección mitológica, una sátira de las ambiciones humanas y una expresión plástica de la personalidad más recóndita de su autor. Sobre todo, es algo profundamente significativo que nos interpela personalmente a cada uno de quienes lo vemos tantos siglos después de que fuera pintado, que se refiera a cuanto sabemos, fantaseamos o deseamos de la realidad y que nos remite a las demás formas simbólicas o artísticas de habitar el mundo, a cuanto nos hace pensar, reír o cantar; a la condición vital que compartimos todos los humanos tanto vivos como muertos o aún no nacidos...Esta última perspectiva, que nos lleva desde lo que es el cuadro a lo que somos nosotros, y luego a lo que es la realidad toda para retornar de nuevo al cuadro mismo, será el ángulo de consideración que podemos llamar filosófico. Y, claro está, hay una perspectiva de entendimiento filosófico sobre cada cosa, no exclusivamente sobre las obras maestras de la pintura.

Volvamos otra vez a intentar precisar la diferencia esencial entre ciencia y  filosofía. Lo primero que salta a la vista no es lo que las distingue sino lo que las asemeja: tanto la ciencia como la filosofía intentan contestar preguntas suscitadas por la realidad. De hecho, en sus orígenes, ciencia y filosofía estuvieron unidas y sólo a lo largo de los siglos la física, la química, la astronomía o la psicología se fueron independizando de su común matriz filosófica. En la actualidad, las ciencias pretenden explicar cómo están hechas las cosas y cómo funcionan, mientras que la filosofía se centra más bien en lo que significan para nosotros; la ciencia debe adoptar el punto de vista impersonal para hablar sobre todos los temas (incluso cuando estudia a las personas mismas), mientras que la filosofía siempre permanece conciente de que el conocimiento tiene necesariamente un sujeto, un protagonista humano. La ciencia aspira a conocer lo que hay y lo que sucede; la filosofía se pone are flexionar sobre cómo cuenta para nosotros lo que sabemos que sucede y lo que hay. La ciencia multiplica las perspectivas y las áreas de conocimiento, es decir, fragmenta y especializa el saber; la filosofía se empeña en relacionado todo 'con, todo lo demás, intentando enmarcar los saberes en un panorama teórico que sobrevuele la diversidad desde esa aventura unitaria que es pensar, o sea ser humanos. La ciencia desmonta las apariencias de lo real en elementos teóricos invisibles, ondulatorios o corpusculares, matematizables, en elementos abstractos inadvertidos; sin ignorar ni desdeñar ese análisis, la filosofía rescatada realidad humanamente vital de lo aparente, en la que transcurre la peripecia de nuestra existencia concreta (v. gr. la ciencia nos revela que los árboles y las mesas están compuestos de electrones, neutrones, etc., pero la filosofía, sin minimizar esa revelación, nos devuelve a una realidad humana entre árboles y mesas). La ciencia busca saberes y no meras suposiciones; la filosofía quiere saber lo que supone para nosotros el conjunto de nuestros saberes... ¡y hasta si son verdaderos saberes o ignorancias disfrazadas! Porque la filosofía suele preguntarse principalmente sobre cuestiones que los científicos (y por supuesto la gente corriente) dan ya por supuestas o evidentes. Lo apunta bien Thomas Nagel, actualmente profesor de filosofía en una universidad de Nueva York: «La principal ocupación de la filosofía es cuestionar y aclarar algunas ideas muy comunes que todos nosotros usamos cada día sin pensar sobre ellas. Un historiador puede preguntarse qué sucedió en tal momento del pasado, pero un filósofo preguntará: ¿qué es el tiempo?

Un matemático puede investigar las relaciones entre los números pero un filósofo preguntará: ¿qué es un número? Un físico se preguntará de qué están hechos los átomos o qué explica la gravedad, pero un filósofo preguntará:¿cómo podemos saber que hay algo fuera de nuestras mentes? Un psicólogo puede investigar cómo los niños aprenden un lenguaje, pero un filósofo preguntará:¿por qué una palabra significa algo? Cualquiera puede preguntarse si está mal colarse en el cine sin pagar, pero un filósofo preguntará: ¿por qué una acción es buena o mala?

En cualquier caso, tanto las ciencias como las filosofías contestan a preguntas suscitadas por lo real. Pero a tales preguntas las ciencias brindan soluciones, es decir, contestaciones que satisfacen de tal modo la cuestión planteada que la anulan y disuelven. Cuando una contestación científica funciona como tal ya no tiene sentido insistir en la pregunta, que deja de ser interesante (una vez establecido que la composición del agua es H20 deja de interesarnos seguir preguntándonos por la composición del agua y este conocimiento deroga automáticamente las otras soluciones propuestas por científicos anteriores, aunque abre la posibilidad de nuevos interrogantes). En cambio, la filosofía no brinda soluciones' sino respuestas, las cuales no anulan
las preguntas pero nos permiten convivir racionalmente con ellas aunque sigamos planteándonoslas una y otra vez; por muchas respuestas filosóficas que conozcamos a la pregunta que inquiere sobre qué es la justicia o qué es tiempo, nunca dejaremos de preguntarnos por el tiempo y la justicia ni descartaremos como ociosas o «superadas» las respuestas dadas a esas cuestiones por filósofos anteriores. Las respuestas filosóficas no solucionan las preguntas de lo real (aunque a veces algunos filósofos los hayan creído así...) sino que más bien cultivan la pregunta, resaltan lo esencial de ese preguntar y nos ayudan a seguir preguntándonos, a preguntar cada vez mejor, humanizarnos en la convivencia perpetua con la interrogación. Porque, ¿qué es el hombre sino el animal que pregunta y que seguirá preguntando más allá de cualquier respuesta imaginable?

Hay preguntas que admiten solución satisfactoria y tales preguntas son las que se hace la ciencia; otras creemos imposible que lleguen a ser nunca totalmente solucionadas y responderlas –siempre insatisfactoriamente- es el empeño de la filosofía. Históricamente ha sucedido que algunas preguntas empezaron siendo competencia de la filosofía -la naturaleza y movimiento de los astros, por ejemplo- y luego pasaron a recibir solución científica. En otros casos, cuestiones en apariencia científicamente solventadas volvieron después a ser tratadas desde nuevas perspectivas científicas, estimuladas por dudas filosóficas (el paso de la geometría euclidiana a las geometrías no euclidianas, por ejemplo). Deslindar qué preguntas parecen hoy pertenecer al primero y cuáles al segundo grupo es una de las tareas críticas más importantes de los filósofos... y de .los científicos. Es probable que ciertos aspectos de las preguntas a las que hoy atiende la filosofía reciban mañana solución científica, y es seguro que las futuras soluciones científicas ayudarán decisivamente en el replanteamiento de las respuestas filosóficas venideras, así como no sería la primera vez que la tarea de los filósofos haya orientado o dado inspiración a algunos científicos. No tiene por qué haber oposición irreducible, ni mucho menos mutuo menosprecio, entre ciencia y filosofía, tal como creen los malos científicos y los malos filósofos. De lo único que podemos estar ciertos es que jamás ni la ciencia ni la filosofía carecerán de preguntas a las que intentar responder...

Pero hay otra diferencia importante entre ciencia y filosofía, que ya no se refiere a los resultados a los que arriba sino al modo de llegar hasta ellos. Un científico puede utilizar las soluciones halladas por científicos anteriores sin necesidad de recorrer por sí mismo todos los razonamientos, cálculos y experimentos que llevaron a descubrirlas; pero cuando alguien quiere filosofar no puede contentarse con aceptar las respuestas de otros filósofos o citar su autoridad como argumento incontrovertible: ninguna respuesta filosófica será válida para él si no vuelve a recorrer por sí mismo el camino trazado por sus antecesores o intenta otro nuevo apoyado en esas perspectivas ajenas que habrá debido considerar personalmente. En una palabra, el itinerario filosófico tiene que ser pensado individualmente por cada cual, aunque parta de una muy rica tradición intelectual. Los logros de la ciencia están a disposición de quien quiera consultarlos, pero los de la filosofía sólo sirven a quien se decide a meditarlos por sí mismo.
Dicho de modo más radical, no sé si excesivamente radical: los avances científicos tienen como objetivo mejorar nuestro conocimiento colectivo de la realidad, mientras que filosofar ayuda a transformar y ampliar la visión personal del mundo de quien se dedica a esa tarea.

Uno puede investigar científicamente por otro, pero no puede pensar filosóficamente por otro...aunque los grandes filósofos tanto nos hayan a todos ayudado a pensar. Quizá podríamos añadir que los descubrimientos de la ciencia hacen más fácil la tarea de los científicos posteriores; mientras que las aportaciones de los filósofos hacen cada vez más complejo (aunque también más rico) el empeño de quienes se ponen a pensar después que ellos. Por eso probablemente Kant observó que no se puede enseñar filosofía sino sólo a filosofar: porque no se trata de transmitir un saber ya concluido por otros que cualquiera puede aprenderse como quien se aprende las capitales de Europa, sino de un método, es decir, un camino para el pensamiento, una forma de mirar y de argumentar.

«Sólo sé que no sé nada», comenta Sócrates, y se trata de una afirmación que hay que tomar -a partir de lo que Platón y Jenofonte contaron acerca de quien la profirió- de modo irónico. «Sólo sé que no sé nada» debe entenderse como: «No me satisfacen ninguno de los saberes de los que vosotros estáis tan contentos. Si saber consiste en eso; yo no debo saber nada porque veo objeciones y falta de fundamento en vuestras certezas. Pero por lo menos sé que no sé; es decir que encuentro argumentos para no fiarme de lo que comúnmente se llama saber. Quizá vosotros sepáis verdaderamente tantas cosas como parece y, si es así, deberíais ser capaces de responder mis preguntas y aclarar mis dudas. Examinemos juntos lo que suele llamarse saber y desechemos cuanto los supuestos expertos no puedan resguardar del vendaval de mis interrogaciones. No es lo mismo saber de veras que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido. Saber que no se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado al fondo nosotros mismos. Una vida sin examen, es decirla vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena devivirse. O sea que la filosofía, antes de proponer teorías que resuelvan nuestras perplejidades, debe quedarse perpleja. Antes de ofrecer las respuestas verdaderas, debe dejar claro por qué no le convencen las respuestas falsas. Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Antes de llegar a saber filosofar es defenderse de quienes creen saber y no hacen sino repetir errores ajenos. Aún más importante que establecer conocimientos es ser capaz de criticar lo que conocemos malo no conocemos aunque creamos conocerlo: antes de saber por qué afirma lo que afirma, el filósofo debe saber al menos por qué duda de lo que afirman los demás o por qué no se decide a afirmar a su vez. Y esta función negativa, defensiva, crítica, ya tiene un valor en sí misma, aunque no vayamos más allá y aunque en el mundo de los que creen que saben el filósofo sea el único que acepte no saber pero conoce al menos su ignorancia.

¿Enseñar a filosofar aún, a finales del siglo XX, cuando todo el mundo parece que no quiere más que soluciones inmediatas y prefabricadas, cuando las preguntas que se aventuran hacia lo insoluble resultan tan incómodas? Planteemos de otro modo la cuestión:¿acaso no es humanizar de forma plena la principal tarea de la educación?, ¿hay otra dimensión  más propiamente humana, más necesariamente humana que la inquietud que desde hace siglos lleva a filosofar?, ¿puede la educación prescindir de ella y seguir siendo humanizadora en el sentido libre y antidogmático que necesita la sociedad democrática en la que queremos vivir?
De acuerdo, aceptemos que hay que intentar enseñar a los jóvenes filosofía o, mejor dicho, a filosofar. Pero ¿cómo llevar a cabo esa enseñanza, que no puede ser sino una invitación a que cada cual filosofo por sí mismo? Y ante todo: ¿por dónde empezar?